La tendencia del consumo de insectos da un nuevo paso en Europa

Cada vez somos más seres humanos (y más longevos), y quizás llegue un punto en el que animales vertebrados y vegetales no nos aporten toda la proteína y nutrientes que necesitamos. ¿Una posible solución? Comer insectos, lo cual desde el 1 de enero de 2018 tiene nueva regulación en Europa.

Esta idea de hecho ya se ha retomado, recordando que los insectos son un alimento habitual en muchas regiones y viendo las causas y las consecuencias de ese futuro con dichos invertebrados en nuestro plato. Ya dijo la ONU que incluir los insectos en nuestra dieta es una buena práctica para afrontar una realidad venidera en cuanto a la demanda de alimentos proteicos, y la Unión Europea actualizó la legislación al respecto con el nuevo Reglamento. ¿Qué es lo que cambia? Aquí se explica.

 

¿No era legal comer insectos hasta ahora en Europa?

Cuando repasamos las bondades de los insectos como alimento al hablar de su posible importancia en la alimentación del futuro, salen a relucir algunos ejemplos de regiones en las que ya es un alimento habitual. En países como el Congo o México se consumen de manera acostumbrada, siendo de hecho más común en sendos continentes, aunque algunos factores culturales y relativos a actividades agrícolas redujeron en cierta medida la práctica.

¿Era ilegal en Europa? Para nada. La legislación europea lo que hizo fue dar luz verde a que cada país para que regulase a conveniencia la aprobación y comercialización de los insectos como alimento de consumo, y hubo quien se puso en acción antes de que el organismo se definiera al respecto, como es el caso de Bélgica (cuyo consumo se aprobó en 2014), Reino Unido, Holanda o Dinamarca.

Encontramos en el primero de esos países de hecho numerosas marcas especializadas, alguna de ellas pioneras en el Viejo Continente como Damhert Nutrition o Ben’s Bugs. En Dinamarca hay además un grupo de chefs especializado en recetas con insectos, llamado Nordic Food Lab.

¿Qué ocurre en el resto de países como España, por ejemplo? Que al parecer no había tantas ganas de empezar con su comercialización y ésta tuvo que esperar a la regulación europea para iniciarse. De hecho, desde hace años hay ya empresas esperando el pasado día 1 de enero de 2018 como agua de mayo, así como turistas para quienes no sólo es un alimento habitual sino un verdadero manjar.

Una de esas empresas es Insectfit. Ya en 2015 su CEO, Gabriel Vicedo, aseguraba que en Europa comer insectos era algo normalizado (citando a Bélgica, Francia, Holanda, Reino Unido y una Suiza que empezaba a despuntar), pero que en España se tendrían que esperar al primer día de este año recién estrenado para vender sus barritas de grillo.

Con la industrialización, la globalización y la producción en masa, cada vez es más importante que la legislación relativa a cada tipo de alimento esté actualizada, así como que los pertinentes controles y actividades para asegurar la salubridad y el bienestar animal funcionen correctamente. Y con el auge de lo ecológico y el hecho de que los insectos también sean susceptibles a ser contaminados por los pesticidas usados en agricultura, la Unión Europea también se preparó a este nivel.

Así, ante una aprobación de este calibre la Comisión Europea pidió a la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA, por sus siglas en inglés) que se revisasen “los riesgos microbiológicos, químicos y ambientales asociados con el consumo de insectos y su producción para alimentación humana y animal”. La agencia presentaba dicho informe en 2015 concluyendo que aún había mucho que investigar sobre los riesgos asociados a los insectos, teniendo en cuenta toda la cadena alimentaria desde la granja a la mesa.

 

En ese sentido, los riesgos son:

Riesgos microbiológicos: la persistencia de bacterias patógenas como Salmonella spp., Campylobacter spp. y Escherichia coli verotoxigénica puede estar presente en los insectos no procesados, pero siendo menor en comparación a otras fuentes no procesadas de proteína animal (habiendo muy poca literatura científica al respecto, según la EFSA). Además, el riesgo de transmisión de dichas bacterias puede mitigarse con un procesado efectivo.

Riesgos víricos: la Agencia concluye que los virus patógenos que afectan a los insectos de granja son específicos para los mismos y que no suponen una amenaza a los vertebrados que se alimenten de ellos. La clave es mitigar el riesgo de su transmisión con el sustrato y procedimiento adecuados.

Riesgos parasitarios: en un entorno adecuado no se dan las condiciones (o los huéspedes) necesarios para cerrar el ciclo parasitario de las especies que podrían suponer un riesgo.

Riesgos fúngicos: cualquier riesgo por hongos asociado a insectos de granja debería ser mitigado por los procedimientos higiénicos básicos de la cadena de producción.

Riesgos por priones: los priones son proteínas capaces de autorreplicarse, pudiendo ser causantes de enfermedades como la encefalopatía espongiforme bovina. Concluye la EFSA respecto a éstos que no se expresan de manera natural en los insectos y que no existen riesgos relevantes de tipo insecto-prión específico. El riesgo estaría en el posible rol de los insectos como vectores mecánicos de priones infecciosos, pero dado que los sustratos donde se crían no tienen origen humano o rumiante no debería ser un factor a considerar como riesgo potencial.

En cuanto al riesgo por pesticidas, concluyeron que (con la poca información disponible) se había visto que los insectos pueden acumular metales pesados como el cadmio, y que la clave estaría en vigilar los sustratos. También reflejan que la proteína de los insectos puede causar reacciones alérgicas, por lo que se recomendaba que quedase reflejada la advertencia en el etiquetado (como se hace con la presencia de gluten, frutos secos, huevo y otros componentes que las pueden ocasionar).

 

No es el alimento perfecto, pero “empiezan” con buen pie

Así, la cría de insectos para alimento no es nada nuevo como ya vimos, y la propia normativa de Bélgica que salía en avanzada se centraba precisamente en que hubiese unas buenas prácticas para asegurar la higiene, la trazabilidad, el etiquetado y un sistema de autocontrol (APPCC). Respecto a las ventajas, hay que tener en cuenta las palabras de Eva Muller (de la FAO), que exponía que los insectos son un alimento muy adecuado para la alimentación humana así como la del ganado.

Esto es así, según explicaron en The Economist, a dos niveles: el nutricional (buena fuente de energía, proteínas, fibra o minerales) y el de la sostenibilidad, al requerir menos tecnología asociada su producción (es más económica). Además, cunde más desde el punto de vista de su explotación, dado que se aprovecha el 80% de su cuerpo (frente al 40% de la vaca) y requieren menos kilogramos de alimento para producir kilogramos de producto.

 

Los insectos como alimento tienen una serie de ventajas, aunque falta mucho por investigar y comprobar

Tampoco es todo un camino de rosas ni que la inclusión de los insectos en la alimentación a nivel global (o darle más cabida donde ahora aún no se consideran) sea una panacea. Como recalcaba la EFSA, se debería investigar algo más sobre los riesgos (y cómo evitarlos), y ya no sólo en cuanto a lo relativo a seguridad, sino también en cuanto a lo que compensa, ya que en un estudio realizado por investigadores de la Universidad de California se concluía que para que los insectos tuviesen un alto valor nutricional se requería una alimentación cara.

En todo caso, desde el 1 de enero de 2018 las empresas que apuestan por este ‘nuevo’ alimento ya tienen luz verde para la comercialización, y viendo los precedentes, que no son pocos, tampoco sería de extrañar que fuese una de las tendencias de este año en España y otros países que se estrenan en la materia. Estaremos atentos, aunque quizás tengamos que trabajar aún el aspecto cultural para pasar a la fase de test a la del consumo cotidiano.

Fuente: Xataca